Motivaciones 3: El motor del corazón

Motivaciones 3: El motor del corazón 4

Hablar de motivaciones es hablar del motor invisible que impulsa cada una de nuestras decisiones. Podemos hacer cosas buenas, correctas y admirables… pero con un corazón completamente desalineado del propósito de Dios.

El principal problema del ser humano no es el comportamiento, sino la idolatría. El comportamiento es una consecuencia de aquello que es «tu dios».

La Biblia enseña que Dios no mira solo nuestras acciones externas, sino el corazón que las produce. Podemos servir, ayudar, sacrificarnos o incluso obedecer… y aun así estar lejos de Dios.

Mateo 15:8 Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mí.

¿A quién estoy amando con lo que hago? Esa es la pregunta clave. No basta con hacer lo correcto, Dios quiere que lo hagamos por amor a Él.

El corazón: La raíz de nuestros conflictos

Jesús no quiere que vivamos por simple apariencia religiosa, sino con un amor real y sincero hacia Él. Por eso dice: “Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor”.

Vivimos en un mundo que constantemente nos dice que nuestros problemas están «ahí fuera»: en las circunstancias, en el pasado, en la genética o en las personas que nos rodean. Pero la Biblia nos confronta con una realidad distinta: el problema no es lo que nos sucede, sino lo que sucede dentro de nosotros.

Santiago 4:1 ¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros?. Nuestras reacciones de enojo, amargura o queja son, en realidad, el producto del egoísmo de nuestro corazón.

A menudo culpamos a los demás por nuestra falta de paz. Si el jefe es injusto, si la pareja es fría o si los hijos no obedecen, justificamos nuestra amargura. Pero nuestras acciones pecaminosas no son víctimas de las circunstancias, son el resultado de un corazón que busca satisfacer sus propios deseos desordenados. Admitir que somos responsables de nuestras palabras hirientes y de nuestras frustraciones es el primer paso para dejar de vivir como «moralistas» que solo cuidan la apariencia, y empezar a vivir como cristianos que reconocen su necesidad constante de Cristo.

A veces pensamos que actuamos por amor, pero en realidad estamos buscando comodidad, reconocimiento, control o aceptación. Cuando algo o alguien ocupa el lugar de Dios en nuestro interior, esa cosa se convierte en un ídolo y termina dirigiendo nuestra vida.

El problema no está fuera de nosotros, sino en nuestro corazón.

Tres formas de vivir: ¿desde dónde actuamos?

Podemos ver la vida de tres maneras distintas. La diferencia entre ellas no está en lo que hacen, sino en lo que aman.

El no cristiano

Busca satisfacción y placer en lo creado. Vive sin Cristo. Ama la creación, pero no al Creador.

El moralista

Busca satisfacción en su propio desempeño. Intenta ser buenos por sus propias fuerzas. El problema del moralismo es que parece correcto, pero no transforma el alma. Una persona puede cumplir normas, asistir a reuniones y hacer cosas buenas, pero seguir sin amor verdadero por Dios.

El cristiano

Encuentra satisfacción en Cristo porque ve su belleza y su constante necesidad de Él. Solo Dios llena su corazón.

¿Deseos o demandas?

Es natural y bueno desear cosas como el aprecio, la comodidad o la seguridad. El problema surge cuando un deseo legítimo se transforma en una demanda innegociable. En ese momento, el deseo se convierte en idolatría. Un ídolo no es solo una estatua de madera, es cualquier alternativa a Dios que promete darnos felicidad o bienestar. Por ejemplo, desear ser un buen padre es excelente, pero si eso se convierte en una demanda para que mis hijos mejoren mi reputación, he convertido a mis hijos en un ídolo.

Esta sutileza ocurre con frecuencia: el deseo de éxito se vuelve una demanda de aprecio, y el deseo de provisión se convierte en codicia. Cuando idolatramos algo (ya sea el control, la aceptación o el placer), tememos perderlo. Por eso una simple necesidad puede convertirse en esclavitud. Lo que ayer era una petición, hoy puede ser una demanda, y cuando eso pasa, empezamos a enfadarnos, frustrarnos o resentirnos con quienes no satisfacen lo que esperamos.

No está mal desear… El problema radica cuando ese deseo se transforma en una demanda.

Incapaces con nuestras fuerzas

Muchos cristianos caen en la trampa de pensar que, aunque Dios nos salvó por gracia, ahora nos toca a nosotros santificarnos mediante el esfuerzo propio. Intentamos «ser buenos» o «cambiar nuestros sentimientos» con nuestro esfuerzo. Podemos obligarnos a cumplir reglas externas, pero no podemos obligar a nuestro corazón a dejar de sentir amargura o a empezar a amar verdaderamente. Somos, en términos espirituales, «parapléjicos» que intentan caminar por sí mismos.

Romanos 7:18-19 Porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago.

Nuestro problema no es falta de información —sabemos lo que está bien— sino falta de capacidad y de deseo real. El cambio profundo no es una colaboración 50/50 entre Dios y nosotros sino una consecuencia de lo que Dios hace en nosotros a través de Su Espíritu.

Para cambiar, debemos de acercarnos a Cristo con las manos vacías, tal como lo hicimos el día de nuestra conversión. Podemos cambiar hábitos, conductas o rutinas… pero no podemos cambiar lo que amamos. El amor no se fuerza. El corazón no obedece órdenes.

Por eso la santificación no es un proyecto humano, sino una obra del Espíritu Santo.

Asombro ante Cristo

Si no podemos cambiarnos a nosotros mismos, ¿cómo sucede la transformación? La clave no está en mirar más nuestras fallas, sino en mirar la belleza de Cristo. El cristianismo no se basa en cumplir una lista de tareas, sino en el asombro de descubrir que Jesús nos ama con el mismo amor con el que el Padre le ama a Él.

1ª Juan 4:19 Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero.

Solo cuando la belleza de lo que Cristo hizo supera la «belleza» de nuestros ídolos, nuestro corazón empieza a soltar sus falsos tesoros. No obedecemos para que Él nos ame; obedecemos porque ya somos amados y queremos permanecer en ese amor que nos llena plenamente.

Nuestra nueva identidad

A veces dudamos del amor de Dios porque seguimos fallando. Pensamos que nuestra «cuenta espiritual» está en números rojos cada vez que pecamos. Pero el Evangelio nos ofrece la «doble imputación»: Jesús no solo perdonó tus deudas (llevó tu pecado), sino que te entregó Su fortuna (te dio Su justicia). En Cristo, delante del trono de Dios, eres tratado como si fueras Jesús mismo.

2ª Corintios 5:21 Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.

Esto cambia radicalmente nuestra motivación. Ya no servimos a Dios para ganar Su favor, sino porque ya tenemos Su favor total como hijos adoptados. Tenemos acceso a Su herencia, a Sus privilegios y a Su poder. Dios no nos ve con nuestra impureza u orgullo, sino que ve la pureza y humildad de Su Hijo en nosotros.

La conversión es un cambio de deseos. ¡La santificación también!

El cambio profundo es una consecuencia de lo que Dios hace en nosotros, no de lo que nosotros hacemos por Él.

Viviendo por el poder del Espíritu

Las motivaciones cambian cuando cambia lo que amamos. Y lo que más cambia el corazón es la belleza de Cristo y el amor de Dios derramado en nosotros. Cuando entendemos cuánto nos ama, dejamos de vivir mendigando amor por todos lados.

La santificación es un «esfuerzo impulsado por la gracia». No somos sujetos pasivos, pero nuestro trabajo no es «fabricar» el fruto, sino permanecer conectados a la Vid, que es Jesús. Él es quien produce el fruto en nosotros. El mismo poder que resucitó a Cristo de entre los muertos está operando hoy en ti para transformar tus deseos más profundos.

Medita en que eres Su hijo, que tienes Su Espíritu y que el Creador del universo te ama con un amor inquebrantable. Vive a la luz de esta realidad, y verás cómo tus motivaciones cambian, tu comportamiento se transforma y, por fin, experimentas el gozo cumplido que Jesús prometió a los suyos.

Un corazón renovado

El objetivo de Dios no es solo que hagamos cosas correctas, sino que tengamos un corazón limpio, una conciencia buena y una fe sincera. La Biblia lo resume así: “el propósito de este mandamiento es el amor nacido de corazón limpio, y de buena conciencia, y de fe no fingida”.

Eso es lo que Dios quiere producir en nosotros: un amor verdadero, no una religión vacía. Cuando Cristo llena el corazón, cambian las motivaciones, cambian las palabras y cambia la manera de vivir.

Ejemplos de cómo identificar si algo se ha convertido en un ídolo:

  • El deseo de éxito → se convierte en demanda de reconocimiento.
  • El deseo de provisión → se convierte en codicia.
  • El deseo de ser buenos padres → se convierte en necesidad de reputación.
  • El deseo de amistad → se convierte en necesidad de aceptación.

Un ídolo siempre produce dos cosas:

  1. Euforia cuando lo conseguimos.
  2. Frustración, ira o tristeza cuando no lo conseguimos.

Por eso, la pregunta clave es: ¿Qué me hace perder la paz? ¿Qué me hace reaccionar con enojo o ansiedad?


¿Quieres que Dios transforme tus deseos?

Sea cual sea tu respuesta, en la Iglesia Cristiana Evangélica Buenas Noticias de Almansa, te invitamos a asombrarte y enamorarte del Salvador Jesucristo. A buscar la verdadera motivación cristiana que nace al ver Su gracia y cuando descansamos en Su amor.

Dios no busca robots obedientes, sino hijos que disfrutan de Su amor. No quiere solo acciones correctas, sino corazones renovados. No quiere solo servicio, sino adoración.

Puedes ponerte en contacto con nosotros a través de nuestro formulario web o visitarnos en nuestras reuniones semanales.

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