Motivaciones 1: ¿Cuáles son correctas e incorrectas?

Motivaciones 1: ¿Qué mueve tu corazón? 4

¿Alguna vez te has preguntado por qué haces lo que haces? A menudo, cuando pensamos en cambiar nuestras vidas, nos enfocamos solamente en nuestra conducta externa: dejar de decir malas palabras, empezar a ir a la iglesia o intentar ser más amables. Sin embargo, es posible cambiar nuestro comportamiento externo sin que cambie lo que realmente habita en nuestro corazón. Es posible hacer buenas obras con malas motivaciones.

Pero ¿y si el cambio real fuera algo mucho más profundo? ¿Y si la Biblia enseñara que el verdadero cambio no empieza en lo que hacemos, sino en por qué lo hacemos? ¿Hacemos estas cosas porque amamos a Dios y a las personas, o porque buscamos ser admirados, reconocidos y bien vistos por otros? Entender nuestras motivaciones es el primer paso hacia una verdadera conversión y una vida cristiana auténtica.

El corazón: El centro de mando

En el corazón residen nuestros pensamientos, decisiones y prioridades. Es donde apreciamos las verdades espirituales y guardamos aquello que consideramos nuestro mayor tesoro. Nicolás Tranchini compara nuestra vida como un iceberg: nuestras acciones visibles son la punta que sobresale del agua, pero nuestras motivaciones son la enorme masa oculta bajo la superficie. Dios, a diferencia de las personas, conoce y ve todo el iceberg completo. Él no se enfoca tanto en lo que hacemos, sino en por qué lo hacemos.

1ª Samuel 16:7 Yahweh no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Yahweh mira el corazón.

Un ejemplo: Imagina una persona que no quiere ofrendar un domingo, pero llega el momento de la ofrenda y el líder que la recoge es alguien a quien ella respeta profundamente. Por no quedar mal ante esa persona, echa dinero en la ofrenda. A simple vista, parece una buena obra de generosidad. Pero la realidad profunda es diferente. Esa persona se ama más a sí misma que a Dios.

En Lucas 16:15 Jesús advierte a los fariseos: Vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos delante de los hombres; Dios conoce vuestros corazones; porque lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación.

Motivaciones Equivocadas

Todos luchamos con motivaciones mezcladas. A veces queremos servir a Dios, pero también queremos reconocimiento. Queremos ayudar a la gente, pero no nos desagrada que sepan que fuimos nosotros quienes ayudamos. Una de las motivaciones equivocadas más comunes es buscar la gloria personal en lugar de la gloria de Dios. Cuando nuestro objetivo principal es que otros nos admiren, nos feliciten o hablen bien de nosotros, estamos desviando la atención que solo corresponde al Señor.

Vanagloria

Alguien puede predicar con el objetivo de impresionar a la congregación en lugar de comunicar el mensaje de Cristo. Puede cantar en los servicios religiosos buscando los aplausos y admiración, en lugar de expresar adoración sincera. Puede ayudar a los necesitados esperando que todos sepan de su generosidad. Incluso puede usar las redes sociales para mostrar sus obras espirituales, buscando que reciban «me gusta» y comentarios positivos.

Beneficio material o personal

Hay quienes sirven esperando recibir algo a cambio: dinero, posición, favores especiales o privilegios. También está la motivación del miedo y la presión social. A veces obedecemos no porque amamos a Dios, sino porque tememos lo que otros dirán si no obedecemos. Queremos encajar, no ser criticados, no ser señalados como diferentes. Sin embargo, la verdadera obediencia debe nacer del amor a Dios, no del miedo a la opinión de las personas.

Motivaciones Correctas

La motivación principal debe ser el amor sincero a Dios. Cuando Jesús fue preguntado acerca del mandamiento más importante, respondió en Marcos 12:30 Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas; este es el principal mandamiento.

Amar a Dios

Significa hacer de Él la prioridad absoluta de nuestra vida. Significa que nuestras decisiones, nuestros proyectos, nuestro trabajo y nuestro servicio nacen de un corazón que lo ama por encima de todo lo demás.

Gratitud a Dios

No servimos para ser salvos, sino porque hemos sido salvos por la gracia de Cristo (Efesios 2:8-10). Nuestras buenas obras son la respuesta agradecida a lo que Dios hizo, no el precio que pagamos para conseguir su salvación.

Glorificar a Dios

Como nos dice 1 Corintios 10:31 Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios. Esto significa que incluso las acciones más cotidianas de la vida pueden ser realizadas de tal manera que honren a Dios y muestren su carácter.

Amor por el prójimo

El segundo mandamiento, unido al primero, es: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Marcos 12:31). Cuando amamos así a las personas, servimos, escuchamos, perdonamos y compartimos el evangelio desde un corazón que desea su bien, no desde la necesidad de sentirnos héroes o especiales.

Deseos superficiales frente a profundos

Si nuestras acciones «espirituales» nacen del deseo de ser vistos o de llenar una falta de autoestima, estamos buscando identidad en la aprobación humana en lugar de disfrutar de la presencia del Padre. Debemos recordar que el pecado es, esencialmente, una disposición del corazón que busca gloria propia incluso a través de la religión.

Mateo 6:1 Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos.

Los deseos superficiales, como el dinero, la belleza física o el éxito ministerial, suelen ser solo medios para alcanzar algo más grande. Por ejemplo, alguien puede desear ahorrar dinero no por el papel en sí, sino porque en el fondo busca seguridad, o alguien busca destacar en el ministerio porque necesita aceptación. Estos deseos profundos (seguridad, aprobación, poder, placer) no son malos en sí mismos, pero se vuelven problemáticos cuando intentamos satisfacerlos lejos de Dios, cavando «cisternas rotas» (Jeremías 2:13), que no retienen agua.

El problema esencial es que a menudo queremos estas cosas «demasiado», convirtiéndolas en ídolos que ocupan el lugar que solo le corresponde a Cristo. Necesitamos aprender a examinarlas a la luz de la Palabra de Dios e identificar si son genuinas.

Salmo 139:23-24 Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; Y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno.

Deseos superficiales. Son visibles, cambiantes y pueden modificarse sin ayuda del Espíritu Santo. Ejemplos: dinero, belleza, comodidad, metas, ocio.

Deseos profundos. Son el verdadero motor del corazón: aprobación, seguridad, significado, aceptación, control, descanso, sentirme amado.

El papel de Cristo en la conversión

Muchos creyentes viven un cristianismo superficial porque solo cambian su conducta, pero no sus deseos. Dejan de hacer cosas malas, comienzan a hacer cosas buenas… pero siguen amándose a sí mismos por encima de Dios.

Conversión superficial = cambio del comportamiento externo SIN que cambien los deseos de mi corazón.

Mateo 7:22-23 Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor… Y entonces les declararé: Nunca os conocí.

La conversión genuina no consiste en portarse bien, sino en que Cristo transforme nuestros deseos más profundos porque cambiar es encontrar a Cristo más precioso que todo lo probado hasta ahora. No cambiamos por culpa, presión o disciplina externa. Cambiamos cuando el Espíritu Santo abre nuestros ojos para ver la gloria de Cristo.

Filipenses 3:7 Cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo.

Cuando Cristo se convierte en nuestro mayor tesoro, nuestras motivaciones cambian, y con ellas, nuestra vida entera. Un verdadero creyente no es simplemente alguien que se esfuerza mucho por no pecar, sino alguien cuyos ojos han sido abiertos para ver que Jesús es más precioso que cualquier otra cosa. La madurez espiritual consiste en apreciar a Jesús por quién es Él, y no solo por los beneficios que nos da.

La Transformación del Corazón

Saber que somos amados, aceptados y perdonados en Cristo nos libera de la necesidad constante de buscar nuestra identidad en el éxito, la imagen o la aprobación de otros. Esta verdad transforma profundamente nuestras motivaciones porque nos recuerda para quién trabajamos realmente.

Vivir con las motivaciones correctas nos libera de la carga de tener que impresionar a los demás o de la ansiedad de buscar seguridad en cosas que se marchitan. Si hoy sientes que tu fe se ha vuelto rutinaria o superficial, te animamos a detenerte y preguntarle al Señor: «¿Qué es lo que realmente amo?».

¿Hay alguna motivación oculta que debería ser transformada? No tengas miedo de pedir al Espíritu Santo que ilumine tu corazón. Él es fiel para responder esa oración y para transformar tus motivaciones conforme vas caminando cada día con Jesús.


¿Es Cristo tu mayor motivación?

Sea cual sea tu respuesta, en la Iglesia Cristiana Evangélica Buenas Noticias de Almansa, nos encantaría acompañarte a descubrir y practicar cómo vivir con la motivación correcta. Puedes ponerte en contacto con nosotros a través de nuestro formulario web o visitarnos en nuestras reuniones semanales.

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